La conversación comienza en Tucumán, pero rápidamente se expande hacia el mundo. Santiago Kovadloff habla de democracias en crisis, de liderazgos personalistas, de inteligencia artificial y de una época atravesada por incertidumbres. Cada respuesta parece abrir una pregunta nueva. Filósofo, ensayista y observador atento de la realidad contemporánea, llegó a la provincia para ofrecer una charla en el Teatro de la Estación de Concepción y, antes de subir al escenario, compartió con LA GACETA una reflexión sobre la Argentina, Occidente y los desafíos políticos y éticos del siglo XXI.

- ¿Cuáles son los temas sobre los que nos invita a pensar en esta nueva visita a Tucumán?

- Me interesa articular los efectos de la descomposición que están padeciendo los modelos democráticos de organización política global sobre un país como el nuestro. Argentina intenta sustraerse a los efectos de un populismo devastador mediante una organización que, en el orden económico, es realmente innovadora, pero que al mismo tiempo muestra pobreza política para encarar los problemas primordiales de la convivencia. Hay un desfasaje entre un proyecto económico claro, más allá de que no esté acabadamente ejecutado, y una intemperie política muy profunda por parte de quienes deberían estar buscando cómo conciliar una alternativa económica nueva con una consideración sociopolítica solidaria. Esto nos lleva a preguntarnos cómo se inscribe la Argentina en el mundo de hoy. Una Argentina que ha optado por un Occidente en crisis, porque los grandes aliados del presidente Javier Milei son dos figuras que también se encuentran profundamente vulneradas en la credibilidad de sus propias naciones: Donald Trump (Estados Unidos) y Benjamin Netanyahu (Israel). En ese marco de crisis, los efectos sobre nuestro país atañen también a la tecnología y a la tecnocracia, que vienen de alguna manera a reemplazar a la política en la conducción del poder. También alcanzan al calentamiento global, respecto del cual la Argentina parece haber adoptado una posición apática, aunque es un fenómeno que urge a la consideración pública.

- ¿Las democracias atraviesan una crisis de credibilidad?

- Sin duda. Creo que el modelo democrático instaurado después de la Segunda Guerra Mundial ha perdido transparencia y credibilidad pública. No se trata solamente de que la democracia occidental pueda verse amenazada por regímenes externos. Se trata de la fragilidad de nuestros propios sistemas y de la credibilidad de quienes viven dentro de ellos. Los populismos son un síntoma de esto. Al mismo tiempo, es indispensable reaccionar y volver a preguntarnos si existen recursos para que las democracias recuperen credibilidad social o si el camino de la tecnocracia determinará nuevos modelos de subjetividad en la manera de encarar el desarrollo político de nuestros países.

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- ¿Es esa la gran tensión de nuestra época?

- Por el momento, sí. Estamos poniendo equivocadamente un acento muy marcado en la tecnología, sin advertir que el problema de fondo es la crisis política dentro de la cual tiene lugar la tecnología. No estamos amenazados primordialmente por una guerra mundial; estamos amenazados por la pérdida de consistencia ética del modelo democrático en quienes deberían representarlo.

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-¿Cómo analiza este modelo tecnocrático, potenciado ya por la inteligencia artificial?

- El desafío consiste en pensar lo que ocurre, porque todavía no disponemos de categorías que permitan comprender cómo se articula la salida del escenario de posguerra con una situación en la cual vuelven a regir modelos arcaicos. En tecnología aparece el fenómeno de la idolatría: la necesidad de creer que hay una máquina redentora que va a permitir que la naturaleza humana escape a la imperfección. Las máquinas no tienen sentimiento del tiempo, no conocen la finitud y desconocen la ambigüedad. Una vez le pregunté a la inteligencia artificial qué la desconsolaba y me respondió: “no entiendo la pregunta”. Ahí tenemos una evidencia no solo de un límite en el tipo de respuesta que podemos obtener de las máquinas, sino de algo más profundo. ¿Qué quiere el hombre cuando busca una perfección ajena a la duda? Un nuevo totalitarismo.

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- ¿Y qué lo desconsuela a usted?

- Me inquieta saber si podré reconciliarme, en términos críticos, con las preguntas más que con las respuestas. Las preguntas son más fundamentales porque reabren el campo de la problematicidad y del espíritu crítico. Creo que la pasión de un filósofo consiste fundamentalmente en volver a despertar, porque siempre está amenazado por el sueño.

- ¿Qué necesita hoy la Argentina para superar sus tensiones políticas?

- La búsqueda debería orientarse hacia la reconstrucción del diálogo entre oficialismo y oposición. Hoy la oposición está luchando por existir, por renacer y por volver a cobrar sentido dentro de un sistema de partidos. No obstante, creo que los partidos políticos tienen escaso porvenir en la Argentina actual. Pareciera que los liderazgos primordialmente demandados son personales más que doctrinarios, y eso es sumamente peligroso. No se trata de que aparezca un líder complementario a Milei; se trata de saber si las autocracias van a monopolizar el poder político de un país como el nuestro.

Desencanto

- ¿Cómo interpreta el desencanto de muchos jóvenes con la democracia?

- El medio siglo transcurrido desde el retorno del sistema democrático a la Argentina no ha podido cumplir con dos objetivos fundamentales: la equidad social y el afianzamiento institucional. La democracia no ha cumplido con su deber. El desencanto que muchos jóvenes sienten frente a la democracia demuestra que debemos preguntarnos profundamente por qué no pudo alejarnos de la incertidumbre sembrada por los gobiernos totalitarios, del sufrimiento generado por las dictaduras y de la pobreza. Hoy veo a la Argentina devastada por la incertidumbre. Las soluciones que aparecen son fragmentarias y unilaterales, quizá revolucionarias en el orden económico, pero profundamente insuficientes desde el punto de vista ético.

- Hablando del contexto internacional, hoy se da el drama que sufre Venezuela. ¿Qué reflexión le merece la realidad de un país que no encuentra paz?

- Uno diría, empleando una terminología bíblica, que es un pueblo a merced de las maldiciones. A los conflictos políticos y sociales que enfrenta desde hace tanto tiempo esa ciudadanía se le suman ahora las catástrofes naturales, que inducen a pensar que estamos ante un doble desamparo. Esta doble exposición a la intemperie política, social y natural nos obliga a solidarizarnos, porque no hay respuestas para esta tremenda exposición al mal a la que está sometido hoy el pueblo venezolano.

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-Existe además un vínculo especial entre Argentina y Venezuela...

-No cabe duda. Hemos recibido en nuestro país a un número muy alto de jóvenes venezolanos que han venido buscando trabajo y la posibilidad de estudiar. Hemos podido advertir hasta qué punto su educación, su cultura y su disposición al diálogo nos llenan de simpatía y potencian nuestra solidaridad con ese pueblo al que queremos por infinidad de razones, entre ellas históricas y culturales.